REGISTRO 02 · UNIVERSO ECO

Fugitivos

El hombre no figuraba en ninguna parte.

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La inspectora Mara Venn interroga al fugitivo mientras la tormenta golpea Oria
Oria · Sala de interrogatorios

El hombre no figuraba en ninguna parte.

La inspectora Mara Venn repitió la búsqueda tres veces antes de aceptar que el problema no estaba en el lector biométrico.

La primera consulta devolvió un nombre: Ilan Varek, fallecido diecinueve años atrás durante un incendio industrial al norte de Náyara.

La segunda lo identificó como Soren Vale, técnico de mantenimiento adscrito a una empresa disuelta que nunca había operado en la Unión de Atria.

La tercera no devolvió ningún nombre.

Solo una advertencia.

Identidad no consolidada.

Solicitud de verificación en curso.

—Vuelva a colocar la mano —ordenó Mara.

El detenido levantó la vista.

Tenía sangre seca junto a la ceja, la barba irregular y el hombro derecho en una posición poco natural. La ropa empapada se había pegado a su cuerpo.

Las sujeciones le comprimían las muñecas contra la mesa. Una de ellas había comenzado a deformarse.

—Ya lo he hecho.

—Hágalo otra vez.

Apoyó la palma sobre el lector.

La superficie emitió un destello azul. Durante unos segundos, en la pantalla aparecieron datos que se reemplazaban unos a otros a una velocidad imposible de leer. Fechas, domicilios, empleos, tratamientos médicos y afiliaciones corporativas. Vidas enteras construidas y destruidas en fracciones de segundo.

Después, todo desapareció.

Sin coincidencias.

La lluvia golpeaba el edificio con tanta fuerza que las paredes parecían vibrar. Una voz recorrió la sala.

—Alerta meteorológica de nivel cuatro. Precipitación acumulada superior a ciento ochenta milímetros. Eviten los niveles inferiores. Consulten las rutas seguras asignadas a su perfil de movilidad.

Mara desactivó el aviso.

Llevaba lloviendo desde antes del incidente en el intercambiador. La tormenta había llegado después de diecinueve días de temperaturas extremas. La ciudad llevaba semanas almacenando calor bajo el metal, el vidrio y el hormigón. Ahora el agua descendía sobre Oria sin conseguir enfriarla.

—¿Quién es usted? —preguntó.

El hombre observó el espejo oscuro situado detrás de Mara.

Sabía que no era un espejo.

—Eso depende de quién esté preguntando.

—Soy la inspectora territorial Mara Venn.

—Eso es lo que dice su identificación.

—Ha herido a dos agentes, ha destruido parte de un intercambiador y ha intentado escapar de una detención oficial. No tiene residencia, afiliación, historial médico ni permisos de movilidad. No consta cuándo entró en Oria ni cómo llegó hasta allí.

Él permaneció en silencio.

Mara amplió los resultados de la búsqueda.

No había consumos energéticos.

No había compras.

No había desplazamientos.

No había registros de acceso a edificios, estaciones de hidratación ni refugios climáticos.

En Atria, una persona podía mentir sobre su nombre.

Lo imposible era no haber respirado, comprado, dormido ni cruzado una puerta durante treinta años.

—Y, aun así —continuó—, todos los sistemas de seguridad llevaban horas buscándolo.

Eso sí hizo que la mirara.

—¿Horas?

—Desde las cuatro y diecisiete.

El hombre bajó la vista hacia sus manos.

Las cuatro y diecisiete.

Aquella hora no era casual.

Nada que se repitiera lo era.

La puerta se abrió y entró un agente con el uniforme empapado.

—Han autorizado el traslado.

—Todavía no he terminado —respondió Mara.

—Orden superior.

Mara consultó su dispositivo.

El expediente ya no estaba allí.

Volvió a buscarlo.

La grabación del interrogatorio tampoco aparecía.

—¿Quién lo ha autorizado?

El agente vaciló antes de responder.

—Seguridad central.

Mara observó al detenido.

Él no parecía sorprendido.

—No es Seguridad central —advirtió el detenido.

—Cállese.

—Entonces pregunte adónde pretenden llevarme.

Mara abrió la orden de traslado.

El documento tenía el sello de la Policía Territorial y una autorización válida. El destino indicado era el Centro de Identificación Cuatro, una instalación oficial situada al otro lado de Oria.

Todo parecía correcto.

Precisamente por eso, la expresión del detenido inquietó a Mara.

—Centro de Identificación Cuatro —dijo.

El hombre negó lentamente.

—Eso es lo que quieren que crea.

Un transporte policial atraviesa Oria bajo una tormenta intensa
Oria · Corredores protegidos

Durante el traslado lo sentaron entre dos agentes.

Mara ocupó el asiento situado frente a él.

El vehículo avanzó por los corredores protegidos mientras la tormenta golpeaba el blindaje. Al otro lado de las ventanillas, el agua descendía por las fachadas como si la ciudad entera estuviera derritiéndose.

Los niveles altos seguían iluminados y secos. En las zonas inferiores, las bombas de evacuación comenzaban a fallar.

En una pantalla apareció la ruta recomendada.

Corredor uno: acceso preferente.

Corredor dos: acceso sujeto a afiliación.

Sectores inferiores: evacuación no garantizada.

Mara comprobó el destino.

Seguía indicando el Centro de Identificación Cuatro.

Unos segundos después, la línea de navegación parpadeó.

La ruta cambió.

El nuevo recorrido abandonaba los corredores policiales y descendía hacia el antiguo perímetro industrial de Oria.

—Detenga el vehículo.

El conductor no respondió.

—Agente, detenga inmediatamente el vehículo.

La pantalla frontal se apagó.

El hombre cerró los ojos.

El ruido del transporte se alejó de su conciencia y un recuerdo regresó con una claridad que no había pedido.

En su memoria estaba de nuevo en aquella sala.

Más blanca.

Más limpia.

Mucho más antigua.

Frente a él, una gráfica mostraba una secuencia de picos irregulares. Había intervalos vacíos entre ellos. Segundos primero. Minutos después.

—La discontinuidad ha aumentado —había dicho una voz.

—¿Cuánto recuerda?

—Lo suficiente para saber que falta algo.

—Eso no responde a la pregunta.

—Porque estáis haciendo la pregunta equivocada.

Alguien había dejado una carpeta sobre la mesa. En la cubierta aparecía el identificador E-17/04.

Él había cerrado el informe.

—Se suspende.

Nadie se movió.

—No tienes autoridad para suspender el programa —respondió la mujer situada al otro extremo.

—Tengo autoridad sobre integridad y seguridad.

—La integridad permanece dentro de parámetros.

—Está olvidando.

—La pérdida de continuidad estaba prevista.

—Las lagunas no. Los automatismos tampoco. Está actuando durante periodos que después no puede reconstruir.

—Eso es precisamente lo que necesitamos observar.

Recordaba haberse levantado.

Recordaba el peso de todas las miradas.

—No es una observación si impedimos que se detenga.

La mujer lo contempló con una serenidad más violenta que cualquier amenaza.

—Ella no ha solicitado detenerse.

—No sabe lo que le está ocurriendo.

—Entonces no puede retirar un consentimiento que no recuerda haber dado.

Después de aquello, sus credenciales dejaron de abrir determinadas puertas.

Tres días más tarde ocurrió el accidente.

O lo que todos llamarían después el accidente.

El transporte golpeó un desnivel.

El hombre abrió los ojos y regresó al presente.

El vehículo acababa de abandonar el último corredor refrigerado.

El cambio de temperatura fue inmediato. El aire se volvió denso y húmedo. Los cristales se cubrieron de vapor.

Mara miró su dispositivo.

—Hemos salido de la ruta autorizada.

El agente situado junto al detenido trató de contactar con la central.

No obtuvo respuesta.

Las luces de emergencia se encendieron en color rojo.

Entonces los sistemas urbanos dejaron de reconocer el vehículo.

Su matrícula desapareció.

Su posición dejó de actualizarse.

El transporte policial dejó de existir mientras aún circulaba por la ciudad.

—Nos han borrado —dijo Mara.

El hombre la miró.

—Todavía no.

Una unidad de recuperación embosca el transporte policial
Antiguo perímetro industrial · Emboscada

Algo golpeó el techo.

El vehículo se desvió y chocó contra una barrera lateral. Los cierres de seguridad bloquearon las puertas.

Un segundo impacto atravesó el blindaje.

No fue una bala.

Era un dispositivo negro del tamaño de una mano. Se abrió en cuatro partes y emitió un pulso.

Todos los sistemas se apagaron.

Fuera, entre la lluvia, aparecieron seis figuras.

No llevaban distintivos oficiales. Sus trajes oscuros estaban cubiertos por una capa que rechazaba el agua.

En el hombro izquierdo mostraban un símbolo.

Tres cuadrados blancos, uno dentro de otro. Cada cuadrado estaba abierto por un lado diferente.

En el centro había un pequeño espacio negro.

Mara no lo había visto nunca.

El detenido sí.

Y por primera vez desde que había entrado en la sala de interrogatorios, parecía asustado.

—¿Quiénes son? —preguntó uno de los agentes.

El detenido tiró de las sujeciones.

—Una unidad de recuperación.

—¿Vienen a buscarlo?

—No.

El metal comenzó a doblarse alrededor de sus muñecas.

—Vienen a asegurarse de que nadie salga de aquí.

La primera carga abrió la puerta trasera.

Los agentes territoriales levantaron sus armas.

—¡Identifíquense!

Las figuras dispararon sin responder.

El agente situado a la izquierda cayó antes de poder moverse. El segundo intentó cubrir a Mara.

Una descarga lo lanzó contra la pared.

El detenido rompió la primera sujeción.

Uno de los atacantes entró en el vehículo y apuntó hacia su pecho.

—E-16 localizado.

Mara escuchó la designación.

E-16.

El hombre atrapó el arma antes de que disparara. Giró sobre sí mismo y golpeó al atacante contra el marco de la puerta.

El movimiento fue demasiado rápido.

Demasiado fuerte.

Bajo la camisa empapada apareció un resplandor azul, pero la tela todavía ocultaba su origen.

El segundo atacante entró por el lateral.

Mara disparó primero.

El proyectil golpeó la armadura, pero bastó para desviarlo.

El hombre se lanzó sobre él.

No peleaba como alguien desesperado.

Lo hacía como alguien entrenado para terminar un enfrentamiento en pocos segundos.

Bloqueó el brazo armado, golpeó la articulación de la rodilla y utilizó el peso del atacante para derribarlo.

Después se detuvo antes de rematarlo.

—Tenemos que salir —dijo.

—Está detenido —respondió Mara, aunque su arma ya no apuntaba hacia él.

El hombre miró al agente muerto.

—Entonces deténgame después.

El agua entró en el vehículo.

Al principio fue apenas un hilo. En segundos alcanzó sus tobillos.

Una nueva alerta apareció en el dispositivo de Mara.

Riesgo de inundación repentina.

Tiempo estimado hasta el cierre del sector: cuatro minutos.

La alerta no había llegado antes.

Alguien la había retenido.

Salieron por la puerta trasera.

La calle comenzaba a convertirse en un canal. El agua arrastraba residuos, fragmentos de señalización y pequeños dispositivos que seguían emitiendo anuncios bajo la superficie.

Sobre ellos, los drones de la unidad de recuperación trataban de estabilizarse contra el viento.

El fugitivo señaló una pasarela de mantenimiento.

—Por ahí.

—Esa zona está cerrada —dijo Mara.

—No para todos.

Corrieron.

El fugitivo regresa para rescatar a Mara de la crecida
Oria · Nivel inferior

Mara resbaló al alcanzar la escalera. El agua la golpeó por la espalda y la arrastró varios metros. Su identificación emitió una alerta médica y transmitió automáticamente su posición.

El fugitivo ya había alcanzado la pasarela.

Podía marcharse.

Mara lo vio detenerse.

Durante un segundo creyó que continuaría.

Él regresó.

Saltó al agua, la sujetó por el chaleco y tiró de ella. El resplandor bajo su camisa reapareció y sus músculos se tensaron.

Mara consiguió agarrarse a la escalera.

—¿Por qué ha vuelto? —preguntó, sin aliento.

El hombre miró hacia el transporte destruido.

—Porque ya dejé a alguien atrás una vez.

Un dron descendió sobre ellos.

Mara levantó el arma, pero el dispositivo disparó primero.

El fugitivo se interpuso.

La descarga le alcanzó el pecho.

Cayó de rodillas.

El tejido de su camisa se abrió.

Mara vio la estructura implantada bajo la piel: placas oscuras unidas alrededor de un núcleo pulsante.

Junto al núcleo aparecía grabado el símbolo.

Tres cuadrados incompletos.

Un centro negro.

El dron preparó un segundo disparo.

Mara apuntó al sensor central y apretó el gatillo.

El dispositivo cayó al agua.

—Ahora estamos en paz —dijo.

El fugitivo se levantó con dificultad.

—Ni siquiera cerca.

Llegaron hasta una compuerta climática. Tras el cristal había un corredor seco, agua potable y aire filtrado.

Mara colocó la mano sobre el lector.

La puerta reconoció su identidad.

Durante un instante apareció su fotografía.

Después, el borde de la pantalla cambió a rojo.

Acceso suspendido.

Preséntese ante la autoridad territorial más cercana.

—Han bloqueado mi identificación.

El fugitivo observó el cierre.

—No solo su identificación.

En los paneles urbanos apareció el rostro de Mara.

Inspectora desaparecida.

Posible secuestro.

Después apareció el rostro del fugitivo.

Individuo extremadamente peligroso.

Finalmente apareció Lisa Valen.

Colaboradora buscada para evaluación preventiva.

Mara contempló la imagen.

—Es la mujer del intercambiador.

—Lisa —respondió él.

—¿La conoce?

—No.

—Entonces, ¿por qué pronuncia su nombre como si llevara años buscándola?

Él no contestó.

Un ruido metálico resonó al otro lado de la calle.

La unidad de recuperación se aproximaba.

El fugitivo hundió los dedos en el borde de la puerta. La estructura del pecho volvió a activarse.

Mara observó cómo contenía el dolor.

—Eso va a matarlo.

—Ya lo intentó una vez.

Forzó el cierre lo suficiente para introducir el brazo. Mara comprendió lo que pretendía y lo ayudó.

Entre los dos consiguieron abrir la compuerta.

Entraron y bloquearon la puerta tras ellos.

El corredor reconoció la presencia de dos personas sin autorización. Las luces comenzaron a parpadear.

—Intrusión detectada. Permanezcan inmóviles.

El fugitivo apoyó una mano sobre la pared.

Tres pulsaciones recorrieron la estructura de su pecho.

Pausa.

Dos más.

La alarma se detuvo.

Una puerta de mantenimiento se abrió al final del corredor.

Mara lo miró.

—¿Ha hecho usted eso?

—No.

—Entonces, ¿quién?

El fugitivo observó la oscuridad tras la puerta.

—Ese es el problema.

Una ruta anómala abre el acceso hacia un refugio oculto
Ruta no registrada

Las luces del pasadizo se encendieron una tras otra, marcando una ruta.

No era la ruta de evacuación oficial.

Tampoco conducía hacia ningún sector registrado.

Mara dudó.

Al otro lado de la compuerta, el metal comenzó a deformarse bajo los impactos de la unidad de recuperación.

El siguiente tramo se iluminó.

Tres pulsos.

Pausa.

Dos más.

—Nos está indicando el camino —dijo Mara.

—Sí.

—¿Quién?

El fugitivo contempló el corredor abierto.

—Algo que sabe que estamos aquí.

No tenían otra salida.

Siguieron la ruta.

Un terminal aislado muestra el expediente E-17/04
Refugio · Archivo E-17/04

El refugio se encontraba bajo una antigua estación de filtrado. No estaba conectado a la red urbana y conservaba un cierre mecánico anterior a los sistemas de identidad.

La puerta se cerró tras ellos sin que ninguno la tocara.

Dentro había equipos obsoletos, recipientes vacíos y una unidad de almacenamiento.

El fugitivo la conectó a un terminal aislado.

Solo contenía un archivo.

E-17/04.

Mara se situó detrás de él.

—La unidad lo ha llamado E-16.

El hombre no respondió.

—¿Es usted otro experimento?

—Fui voluntario.

—No es lo mismo que he preguntado.

El archivo comenzó a abrirse.

Aparecieron observaciones clínicas, pruebas de continuidad y secuencias de comportamiento.

Tolerancia social dentro de parámetros.

Aprendizaje contextual adecuado.

Persistencia de conducta iterativa superior a previsión.

Respuesta ante inconsistencias no corregida.

Búsqueda espontánea de patrones persiste.

Mara leyó el identificador.

—¿E-17 es Lisa?

—E-17 era un programa.

—No le he preguntado qué era.

—Porque no sé en qué se convirtió.

En la pantalla apareció una última línea.

Supervisión pasiva finalizada.

Debajo surgió una ubicación.

Estaba a menos de dos kilómetros.

El fugitivo se puso en pie.

—La han encontrado.

—¿Quiénes?

—Todos.

Las luces del refugio se apagaron.

El terminal continuó encendido.

Aunque no tenía conexión, una frase comenzó a escribirse en la pantalla.

Supervisor localizado.

Después aparecieron cinco pulsos de luz.

Tres.

Pausa.

Dos.

Una voz surgió del terminal.

No era la voz de Lisa.

Tampoco parecía completamente artificial.

—No vuelvas a dejarla sola.

El fugitivo desconectó la unidad.

La frase permaneció en la pantalla.

Entonces escucharon la primera explosión.

La entrada del refugio se deformó.

La unidad de recuperación había llegado.

—¿Existe otra salida? —preguntó Mara.

—Existía.

—Magnífico.

Una segunda explosión abrió una grieta en la puerta.

Mara comprobó el cargador.

—¿Sabe utilizar eso? —preguntó el fugitivo.

—Hasta hace veinte minutos era policía.

—Sigue siéndolo.

Mara miró su rostro en uno de los paneles de alerta.

Inspectora desaparecida.

Posible colaboradora.

—Creo que no han recibido el aviso.

La tercera explosión arrancó la puerta.

El fugitivo avanzó hacia los atacantes.

Mara cubrió el corredor.

La primera figura atravesó el humo. El fugitivo bloqueó su golpe, pero la estructura del pecho falló. El núcleo emitió una luz irregular.

El atacante lo lanzó contra la pared.

Mara disparó.

Otro miembro de la unidad entró por el lateral. En lugar de apuntar hacia ellos, disparó contra la unidad de almacenamiento.

Querían destruir las pruebas.

Mara se interpuso y recibió el impacto en el hombro.

El fugitivo vio la sangre.

Algo cambió en su expresión.

Se levantó.

El núcleo volvió a encenderse, esta vez con una intensidad que iluminó toda la sala.

Golpeó al primer atacante.

Después al segundo.

Su fuerza había aumentado, pero su respiración se volvió irregular. Las placas bajo su piel parecían desplazarse.

Mara comprendió que estaba perdiendo el control.

—¡Basta!

Él no pareció escucharla.

Un sonido grave recorrió la estación.

Todas las compuertas se abrieron al mismo tiempo.

El agua acumulada sobre los niveles superiores irrumpió en los conductos.

La corriente atravesó el refugio y arrastró a atacantes, mobiliario y fragmentos de metal.

Mara se sujetó a una tubería.

El fugitivo desapareció bajo el agua.

Lisa aparece en el refugio inundado durante el combate
Refugio · Nivel crítico

Entonces una mano agarró a Mara por el brazo.

No pertenecía a él.

Era Lisa.

Estaba empapada. Respiraba con dificultad y tenía una herida junto a la sien.

—Muévete —ordenó.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Mi dispositivo no dejaba de indicarme el camino.

Lisa miró su muñeca.

La pantalla mostraba todavía la última instrucción recibida: una ruta hacia el refugio. El borde de la interfaz emitía una tenue luz azul.

Tres pulsos.

Pausa.

Dos más.

Lisa vio al fugitivo atrapado bajo una estructura metálica.

Corrió hacia él.

—No puedes levantar eso —dijo Mara.

Lisa se agachó, buscó un punto de apoyo y empujó con las piernas. No tenía la fuerza del fugitivo, pero sabía utilizar su cuerpo.

La estructura se desplazó lo suficiente para que él pudiera salir.

El fugitivo abrió los ojos.

Reconoció a Lisa.

—Tú…

—Sí, yo otra vez —respondió ella—. Luego me explicas por qué todo el mundo intenta matarme.

Un atacante emergió del agua detrás de Lisa.

Ella giró y lanzó un golpe, pero colocó mal el peso. El hombre bloqueó su brazo y la empujó contra la pared.

El fugitivo se levantó.

—Baja el centro de gravedad —le dijo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Lisa esquivó el siguiente golpe, se agachó y atacó la rodilla. El fugitivo aprovechó el desequilibrio para derribar al hombre.

—Eso ha sido mío —dijo Lisa.

—Ha sido aceptable.

—Me caes fatal.

Mara encontró una salida de mantenimiento en el plano de evacuación.

—Podéis conoceros después. El nivel va a quedar completamente inundado.

Corrieron hacia la compuerta.

La ciudad comenzó a enviar alertas a todos los dispositivos cercanos.

Evacuación inmediata.

Identifíquese para recibir una ruta segura.

La interfaz del dispositivo de Lisa parpadeó.

La luz azul desapareció.

El borde de la pantalla cambió a blanco.

Después apareció una ruta distinta a la señalada por Mara.

—Ahora dice que vayamos al norte.

El fugitivo observó el túnel norte.

En la entrada había una pequeña marca blanca.

Tres cuadrados incompletos.

Un centro negro.

—Ya no es lo mismo que te ha traído hasta aquí —dijo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ahora quiere entregarte.

Lisa intentó quitarse el dispositivo, pero el cierre no respondió.

—No puedo apagarlo.

—Porque no es un dispositivo de movilidad.

—Entonces, ¿qué es?

Una descarga iluminó el túnel.

Durante un instante, Lisa vio bajo la camisa desgarrada del fugitivo la estructura alojada en su pecho.

El núcleo emitía el mismo patrón luminoso que su muñeca.

Lisa dejó de moverse.

—Te lo hicieron a ti también.

El hombre la miró.

Había imaginado aquel momento durante años. Había pensado en explicaciones, advertencias y mentiras que pudieran protegerla.

No utilizó ninguna.

—Fui el anterior.

Lisa observó su muñeca.

Después, el pecho de él.

—¿Anterior a qué?

Los drones descendieron sobre la estación.

Mara abrió la compuerta de emergencia.

—Tenemos treinta segundos.

El fugitivo extendió la mano hacia Lisa.

—Anterior a ti.

Ella no la aceptó.

Pero comenzó a correr junto a él.

Lisa, Mara y el fugitivo corren hacia los sectores desconectados
Oria · Hacia los sectores desconectados

Los tres atravesaron el túnel mientras el agua inundaba Oria a sus espaldas.

Sobre sus cabezas, la ciudad continuaba encendida.

Los refugios climáticos cerraban sus puertas.

Los sistemas de vigilancia reconstruían sus movimientos.

Millones de dispositivos recibían sus rostros acompañados de una advertencia.

Para la policía, Mara había sido secuestrada.

Para la ciudad, Lisa era una colaboradora.

Para quienes llevaban el símbolo de los tres cuadrados, el fugitivo era material pendiente de recuperación.

Llegaron a una bifurcación.

—¿Adónde vamos? —preguntó Mara.

El fugitivo señaló el túnel que descendía hacia los sectores desconectados.

—Fuera de la Red.

Lisa permaneció quieta.

—No.

Él se volvió.

—Si regresamos, nos encontrarán.

—También nos encontrarán si seguimos huyendo sin saber quiénes son.

—Lisa…

—Tú sabes lo que me hicieron.

—Sé una parte.

—Entonces empezaremos por esa parte.

Una nueva alerta apareció en los paneles del túnel.

Esta vez no mostraba sus rostros.

Solo el símbolo.

Tres cuadrados incompletos alrededor de un centro negro.

Debajo apareció una frase.

Recuperación de activos iniciada.

Lisa la leyó.

Después miró al fugitivo.

—¿Activos?

La estructura de su pecho volvió a latir.

Tres pulsaciones.

Pausa.

Dos más.

—Eso creen.

Mara cerró la compuerta detrás de ellos.

Al otro lado, los drones comenzaron a cortar el metal.

—Podéis discutir sobre vuestra condición jurídica mientras corremos.

Lisa miró hacia la oscuridad del túnel.

Hasta aquella mañana había pensado que sufría una enfermedad.

Ahora sabía que alguien la consideraba una propiedad.

No conocía al hombre que corría junto a ella.

No sabía si podía confiar en Mara.

Tampoco sabía quién había utilizado la voz de su madre ni qué se ocultaba detrás de E-17/04.

Pero por primera vez tenía algo más que preguntas.

Tenía una dirección.

Los tres comenzaron a correr.

La tormenta borró sus huellas durante menos de un minuto.

Fue suficiente.

FIN DEL REGISTRO

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